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Ciencia

Cannabinoides y sistema endocannabinoide: qué dice la evidencia

28 de junio de 2026

Detrás del debate legal y cultural sobre el cannabis hay un campo de investigación que ha crecido mucho en pocas décadas. Saber qué está demostrado, qué se intuye y qué sigue abierto ayuda a hablar del asunto sin caer en afirmaciones rotundas en ninguna dirección.

Un sistema que se descubrió al revés

Lo curioso es el orden. Primero se estudiaron los compuestos de la planta y solo después se entendió por qué actuaban en el cuerpo. En los años noventa se identificaron unos receptores celulares, CB1 y CB2, y poco después las moléculas que el propio organismo fabrica para activarlos, los endocannabinoides. Ese conjunto de receptores, moléculas y enzimas es el sistema endocannabinoide.

Su papel no es menor: interviene en el apetito, el dolor, el estado de ánimo, la memoria, el sueño o la respuesta inmunitaria. Funciona como un mecanismo de ajuste fino que ayuda a mantener el equilibrio interno. Los CB1 abundan en el sistema nervioso central; los CB2, en células ligadas a la inmunidad.

Detalle de la planta de cannabis, donde se concentran los cannabinoides La planta produce más de un centenar de cannabinoides; la atención científica se concentra en unos pocos.

Los cannabinoides de la planta

La planta produce más de cien fitocannabinoides, pero dos acaparan la investigación. El THC es el responsable de los efectos psicoactivos: actúa sobre los receptores CB1, de donde salen tanto las sensaciones del consumo recreativo como buena parte de sus efectos sobre la cognición o la coordinación. El CBD no produce ese efecto y tiene un mecanismo más complejo, que no se reduce a activar los receptores clásicos. Junto a ellos hay cannabinoides minoritarios y terpenos cuya posible acción conjunta se estudia bajo la hipótesis del efecto séquito, aún no concluyente.

Lo sólido y lo incierto

En lo terapéutico hay terreno firme. Varios medicamentos derivados de cannabinoides tienen aprobación regulatoria para indicaciones concretas: ciertas epilepsias infantiles resistentes a otros tratamientos, la espasticidad de la esclerosis múltiple o las náuseas asociadas a la quimioterapia. Conviene el matiz: que existan fármacos estandarizados, con dosis controladas y supervisión médica, no respalda el consumo de cannabis en cualquier forma para cualquier dolencia. Confundir ambos planos es una fuente habitual de error.

El resto es más frágil. Muchas aplicaciones que se atribuyen a los cannabinoides se apoyan en estudios preliminares, en modelos animales o en muestras pequeñas. Y los riesgos están documentados: el THC, sobre todo si el consumo es intenso, temprano y prolongado, se asocia con efectos sobre la cognición y, en personas predispuestas, con un mayor riesgo en salud mental. Por eso importa la cautela, como ocurre cuando uno se pregunta por qué esta investigación avanza tan despacio.

La posición honesta es también la más útil: hay hallazgos sólidos, líneas de trabajo en marcha y mucho por confirmar. Ese mismo criterio es el que sostiene una reducción de riesgos basada en evidencia y no en exageraciones.